
FORMACIÓN Y CATEQUESIS
Reflexión de Nuestro Director Espiritual
(3 DE FEBRERO DE 2025)
«La Presentación del Señor»
Mal 3, 1-4 // Sal 23 // Heb 2, 14-28 // Lc 2, 22-40
A la mitad del invierno las noches son todavía largas, por eso, para mitigar el frío y la oscuridad, los fieles cristianos se reunían todos los años por estas fechas en torno a fogatas y velas para celebrar la tradicional fiesta de la Candelaria, donde se recordaba la presentación del niño Jesús en el templo cuarenta días después de su nacimiento y la purificación ritual de María después del parto de su primogénito.
Pero, ¿qué necesidad tenían José y María de realizar estos preceptos rituales judíos? ¿Acaso ese niño no era ya Hijo de Dios? ¿Acaso María no había sido concebida desde el primer instante de su ser natural sin ningún rastro de pecado original?
La presentación de Jesús en el templo no es una cuestión de necesidad, sino de cumplimiento. Jesús viene a cumplir las Escrituras, a cumplir las promesas y a cumplir la Ley. El mesías tiene que parecerse en todo a sus hermanos, y eso incluye someterse a la obediencia de los preceptos rituales revelados por Dios.
Una de las misiones que los profetas esperaban que el mesías realizase era la de purificar el Templo, así como la de renovar el culto y el sacerdocio israelita. Algún día el mismo Yahvéh se presentaría en su santuario de Jerusalén y purificaría con su fuego y su luz la intención de los corazones sacerdotales. El mesías, además de un rey liberador y de un profeta poderoso en signos, sería también un verdadero y auténtico sacerdote capaz de ofrecer a Dios el culto perfecto que merece recibir de su pueblo.
En relación a este último aspecto, la fiesta de la Presentación del Señor nos recuerda el momento en el que Jesús, de mano de sus padres, dio en su vida terrena el primer signo de renovación del verdadero culto que el ser humano debe a Dios. Y como sigue pasando en cada eucaristía, aquel día sólo los sencillos y los humildes que esperan en la oración se dieron cuenta de que verdaderamente el Señor estaba haciéndose presente en sus vidas.
Reflexión de Nuestro Director Espiritual
(20 DE ENERO DE 2025)
«Las Bodas de Caná»
II Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo C)
Isaías 62, 1-5 // Sal 95 // 1 Corintios 12, 4-11 // Juan 2, 1-11
La primera manifestación (epifanía) de las maravillas que es capaz de realizar Jesús como mesías ocurre precisamente en una boda. No en vano, durante siglos, los profetas anunciaron a Israel que, pese a todas las infidelidades cometidas contra Dios, algún día Yahvé establecería con su pueblo una alianza eterna basada en el amor conyugal: «Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo». Entre las muchas imágenes con las que las profecías dibujaban el perfil de ese hombre que habría de ser enviado por Dios para la salvación definitiva de Israel, estaba la de un esposo mesianico. Él vendría a celebrar con su pueblo unas bodas eternas donde, por supuesto, nunca faltarían los buenos vinos de solera, creados para alegría del corazón humano.
Y así ocurrió en Caná de Galilea. Faltó el vino, y Jesús transformó el agua contenida en las tinajas destinadas a las purificaciones rituales judías (constante recordatorio de la indigna suciedad del hombre ante Dios) en el mejor de los caldos. Así empezaron a creer sus discípulos en él y así quedó patente el poder de su Madre como abogada e intercesora. Por ello, la Iglesia de Cristo, presidida por los apóstoles y acompañada por María, su más perfecto modelo, es alimentada en cada eucaristía por el vino de las bodas del Cordero. En ese banquete de júbilo, la comunidad de los creyentes se embriaga con los distintos dones y carismas que el Espíritu Santo hace brotar en nosotros para edificación del Reino de Dios.
El milagro de las Bodas de Caná se proclama este domingo para recordarnos una vez más que la misión primordial de Jesús es la de traernos a nosotros, criaturas mortales, la auténtica alegría, la que no se acabará nunca. Una alegría que no puede ser otra que la de permanecer eternamente unidos al amor esponsal de nuestro creador.
Reflexión de Nuestro Director Espiritual
(13 DE ENERO DE 2025)
Bautismo del Señor
Domingo después de la Epifanía
Is 42, 1-4. 6-7 // Sal 28 // Hch 10, 34-38 // Lc 3, 15-16. 21-22
¿Qué necesidad tenía Jesús de bautizarse? Ninguna, ciertamente. Lo necesitábamos nosotros. Necesitábamos que alguien, representando a todo el género humano caído en el pecado original, sacrificara en su carne mortal el mal que corrompe nuestra naturaleza. Necesitábamos que después, este Salvador, resucitara, y con él volviera a la vida una nueva condición humana vencedora de la muerte, restaurada y gloriosa. Necesitábamos que ese modelo de hombre nuevo ascendiera divinizado al trono de Dios y reinara allí, aguardando los cielos nuevos y la tierra nueva. Y necesitábamos, como no, en último término, que todos pudiéramos participar de los méritos de ese Redentor, de ese Rey celestial.
Para que nos beneficiemos de todo ello, Jesús estableció el bautismo como modo de insertarnos en su cuerpo místico. No quiso inventar nada. La caña cascada no la quebró, la mecha vacilante no la apagó, por eso tomó el signo profético de Juan, mero anuncio de conversión, y sencillamente lo elevó a la categoría de sacramento. Siendo todavía un desconocido, se puso a la cola de los pecadores que esperaban su turno en la orilla del río, y al caer el agua sobre él, aquel gesto simbólico cobró nueva eficacia. El mesías esperado se manifestó al Bautista y, en él, también a todos los profetas que anunciaron su venida en el Antiguo Testamento.
El Espíritu Santo bajó sobre Jesús en forma de paloma y se escuchó una voz potente y magnifica sobre las aguas: «Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco». Con esta otra epifanía (del griego epiphaneia, manifestación de lo profundo), treinta años después de la de los magos de oriente, se inició a orillas del Jordán un camino que culminó en el Calvario, donde el bautismo de Cristo tomó su poder regenerador. Desde entonces, todo el que recibe estas aguas se beneficia del amor complaciente del Padre, de la aspersión de la sangre del Hijo y de la unción jubilosa del Espíritu Santo. Y ya no tendrá otro nombre que cristiano, porque verdaderamente será otro Cristo.
RETIRO DE ADVIENTO

¡Preparemos los caminos, ya se acerca el Salvador! De nuevo entramos en este tiempo de Adviento, tiempo de preparación y de esperanza ante la inminente llegada de Nuestro Redentor. En este tiempo litúrgico, la Iglesia nos invita a pararnos un poco en nuestras vidas para quitar todo aquello que sobra, para preparar nuestro corazón a un Dios que quiso hacerse como nosotros y que cada Navidad viene para quedarse contigo. Aprovecha este tiempo de espera, que no pases por el Adviento, si no que realmente el Adviento pase por ti, para que así, despojado de toda esclavitud material y mundana, no seamos posaderos que rechazamos la llegada del Señor, si no que convirtamos nuestro corazón en verdadero pesebre que un año más acoge la llegada del Salvador del Mundo, un salvador que hecho niño te sigue soñando mejor cada día. En este tiempo de Adviento, el grupo de confirmación de nuestra hermandad te invita a participar del retiro que tendrá lugar la mañana del 22 de diciembre a las 13:00 en nuestra capilla, un tiempo para ponernos delante del Señor, purificar nuestras vidas y como María, Madre de la espera, saber acoger siempre la voluntad de Dios.